jueves, abril 5

El ropero aún huele a naftalina




Resulta que hoy, tan luego hoy, he sentido todo el día nostalgia de mi casa paterna; el sol tibio de la tarde que se ha ido colando por entre las cortinas de la casa, me ha ido trayendo el recuerdo de mi madre, llenando la cocina con el olor a nuez moscada.


Tal vez sea porque hace un año, por esta fecha, fuimos comenzando a desandar las formas de esa casita pequeña, modesta, casita de obreros en la que reímos y lloramos tanto... Los muebles ausentes fueron dejando cortornos en la penumbra de la tarde y las bolsas (grandes, bien grandes, habíamos dicho) se fueron preñando de aquella ropa que aún conservaba (tal vez conserve, no puedo imaginar lo contrario) el olor a naftalina.


Las cajas se fueron colmando también de decenas de objetos, la mayoría sin demasiada utilidad y mucho menos valor económico, pero cada una de esas cosas envuelta en un recuerdo.


Embalarlo todo llevó más del tiempo planificado; de hecho hubo que volver y volver reiteradamente. Mucho de ello, en virtud de que había que ir sacudiéndoles la modorra de años de estar allí, sin otra función que la evocar algún momento vivido... muebles pasados de moda, sábanas de algodón bordadas por mi madre, el pingüino que usábamos de centro de mesa, la caja verde con las herramientas, un montón de almohadas que habíamos comprado en los últimos tiempos (así las nenas no se pelean, me parece que la oigo decir), la lata de leche llena de botones, un collar hecho con carreteles de hilo vacío, una caja con libritos de cuento, las revistas de Disney de cuando era chica y tantas pero tantas cosas más; cada una ellas fue convocando el correspondiente relato, según su origen, su uso o su función dentro de la casa.
Muchas de nuestras costumbres eran extrañas, que hasta nos hacían ver un tanto raros, ý ahora, suelen distraer las cenas en familia o cuando estamos con algún que otro buen amigo. De pronto la iniciativa de envolver la radio amarilla con un cobertor cuando tenía sus seis pilas nuevas (las rojas, obvio, antes no había tanta variedad) para que no suene tan fuerte cuando mi padre dormía la siesta, me roba una sonrisa y me nubla los ojos la nostalgia: ningún home theatre va a sonar nunca como esa radio AM, porque tenía el tamaño de mi inocencia, porque sonaba como la ternura de mi madre susurrando a la siesta. Tal vez por ese sofisma del cariño no me podido aún desprender de ella, aunque nunca me atreva a ponerle pilas y a encenderla.
Tal vez éramos distintos, o raros o qué se yo... éramos así.


La última vez que fuimos a la casa, descubrí que la planta de siempre verde que está frente a la cocina se cansó ya de esperar su regreso y comenzó a quedarse dormida: seguramente no resistirá la primera helada y, cuando volvamos a ir no será más que una tibia añoranza.


Tal vez sean estos días, tan cargados de espiritualidad; tal vez sean los desengaños de la vida, las ampollas en los pies que nos dicen que venimos caminando y que el sendero se ha vuelto pedregoso o que nuestros pies son demasiado blandos. Tal vez sea, simplemente, esta nostalgia que vuelve con insistencia, esta vieja manía de dejar entrar recuerdos sin permiso, atropelladamente...


Los días se van deshojando muy de prisa entre nuestros dedos, mientras algunos momentos nos tiran de los hilos y nos llevan la vista atrás, a esos días en los que los sueños procuraban compañía, en que la mano se ofrecía abierta y se miraba a los otros a los ojos, buscando la complicidad amiga.


Malhadado sea el día en que la carcajada imprudente no rompa el silencio, cuando los años endurezcan el llanto y detengan los abrazos, cuando las cuentas nos asusten más que los monstruos que había debajo de nuestras camas, de frazadas raídas y sábanas remendadas, cuando el home theatre acalle la voz de esa radio AM que atronaba la siesta pueblerina y que era preciso atemperar envolviéndola. Malhadado sea, porque seguramente no habrá vuelta atrás. El niño que fuimos se habrá ido para siempre y se habrá llevado su ternura y su ingenuidad.

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